Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas

9/12/2011

Una pintura

     Hace algunos años dibujé en una hoja una escena de dos celebrando. Dos figuras extasiadas brindaban por el encuentro. Era más bien un boceto, en lapiz. Lo hice mientras trabajaba en la oficina, como para pasar el tiempo.
     Una tarde de fin de semana en mi casa, copie el boceto a una tabla de madera y terminé de dibujarlo. No era cualquier tarde, sino una de esas en las que el registro emocional estaba totalmente sintonizado. Busqué en un cajón -en uno de esos cajones en que se guardan cosas que no se sabe para qué se las guarda- y encontré unos pomitos casi vacíos de acrílico. Acrílicos de varios colores.  Había también un pincel. Creo que había uno solo. Y lo pinté.  Pinté un cuadro. Para mi sorpresa, quedó bastante bien. Le puse un alambre en el dorso y lo colgué en una pared. Algunos lo vieron, y me hicieron buenos comentarios. A mi me gustaba. 
    Cuando me mudé, la madera con la pintura quedó entre los bártulos de la mudanza. Supongo que cuando hay una mudanza, muchos de los objetos que uno tenía en uso, pasan a la categoría de bártulos. Dejan de tener utilidad. Allí olvidé la pintura, sin querer queriendo, por muchos años.
    Hace un tiempo y con otra mudanza en el medio,  me acordé del cuadro, de sus colores, de la escena, del registro emocional de esa tarde. Fuí a buscar entre los objetos que estaban todavía allí, cubiertos por una fina capa de tiempo, ese cuadro que recordaba haber pintado.

Pero no lo encontré.
Y está bien así.
Debe estar en algún lugar.
Adornando vaya uno a saber qué pared. 


 

8/17/2011

Cooperadoras

La escuela pública ofrecía por esos tiempos, las primeras clases de computación, en las que los alumnos aprendían a utilizar funciones matemáticas con el programa "Logo": Una tortuga de color naranja que avanzaba en la pantalla y dibujaba las figuras geométricas que correspondieran a las ecuaciones ingresadas. 
La cooperadora de la escuela por su parte, con lo que cada quien aportaba, organizó talleres para los alumnos: taller de teatro, taller de radio, de flauta dulce y de guitarra. Actos y presentaciones. Representaciones y programas. Incontables escenas vividas por los niños en cada uno de esos espacios ofrecidos a la creatividad. El público, familiar la mayoría de las veces, encantado de presenciar tanta potencia.

Muchos fueron los que participaron de esos talleres, dibujando sus propias figuras.

No fue cualquier matemática, fue cooperadora.



   

8/16/2011

¿Cuánto más salvajes habrán sido los colonizadores?

      Durante los años en los que estuve en la escuela primaria, las maestras solían elegirme para oficiar de locutor en los actos escolares. No en todos, claro. Pero si en unos cuantos. La tarea encomendada tenía para mi un caracter lúdico. Era un niño al que le gustaba leer. Me entretenía con la sonoridad de las frases, con las inflexiones y las cadencias. Con la espera de los silencios que aparecen con los puntos y las comas, con las diferencias de entonación entre una exclamación y un interrogante. Había aprendido a encontrarle la gracia.     
            Recibía un texto y lo leía. Le ponía voz a un discurso que no necesariamente me pertenecía. O al menos, no me pertenecía hasta tanto no lo hubiera enunciado. Hubo una vez en la que leí para un 12 de Octubre de 1991, un texto escrito por mi maestro de quinto grado que decía en una de sus lineas: "¿Cuánto más salvajes habrán sido los colonizadores?." Me inquietaba tanto tener que leer esa frase! Me entusiasmaba tanto poder pensar de otra forma lo que se me había transmitido en la escuela los años anteriores, respecto al "descubrimiento" de América. Sabía que era cierto: los "salvajes" habían muerto cruelmente en manos de los "civilizados" colonizadores.
     La directora de la escuela no quería que esa frase fuera leída, de hecho, le había advertido al maestro que "ese tipo de discurso" no correspondía para un acto escolar.

El maestro me dijo que si, que lo leyera.

    Y así aprendí para siempre, lo que el maestro me había querido enseñar.
  
      

8/08/2010

Viajar en subte: Parte 1

Escucho en general a la gente hablar sobre lo mal que se viaja en subte en esta ciudad y usarlo como motivo para justificar la no utilización de ese medio de transporte. 

Es cierto. 
Hay horarios en los que viajar en subte puede resultar una experiencia muy extraña.

Hora pico:
Llegás al andén luego de bajar las escaleras por las que muchas personas a la vez están bajando.
Una vez en el andén, como hay mucha gente, tenés que encontrar un espacio en el que pararte a esperar la llegada del tren. ¿Que más podés hacer?

¡Encontrar un espacio! Claro, a veces en la vida es tan difícil hacerse un lugar.... y mucho más difícil es si ese lugar esperás que te lo de otra persona!!

Entonces, llegás al andén, te ubicás en algún espacio libre y esperás. 

Claro, la espera es otro tema.

¿Qué haces mientras esperas? No está bueno esperar. Pero esperás.

Y te fijás qué podés hacer con eso.
Ya estás ahí. 

Las opciones son variadas: Mirar las tapas de las revistas de los kioscos, o los carteles de publicidad, o prestarle atención a la música que estás escuchando en Spotify, entre otras.

Llega el subte: Si lo viéramos en cámara lenta, veríamos cómo ya con solo verse las luces del tren aproximándose, la gente va abandonando la posición de espera -no eras vos el único esperando- y va tomando una actitud corporal más parecida a la de un animal en estado de alarma dispuesto a atacar o correr.

El subte frena, la gente amontonada ya está parada frente a la puerta más próxima a su punto de espera. Se abren las puertas. 
En general pasa que la gente que quiere subir, deja primero bajar a los que quieren bajar. Pero puede  que no. Que alguien quiera bajar y los que quieren subir no lo dejen. 
No porque no se den cuenta, sino porque no les importa.

Lo cual habla muy mal sobre mucha gente.

6/18/2010

El guardián de los vasos

"Permiso". Fue la palabra que utilicé para pasar entre los invitados del lugar, que reunidos en pequeños grupos, ocupaban el espacio, sin tener registro de lo que pasaba a su alrededor.
"Permiso" le dije también al que parado frente a la mesa del rincón, con actitud  de guardián, me impedía agarrar uno de los vasos que estaban sobre la mesa. No era posible hacerlo si él no se movía, ni por sus costados, ni desde algún otro ángulo.

Cuando acusó recibo de mi pedido, con una actitud un tanto resignada, cedió el lugar para que pudiera llegar a la mesa. Me sorprendió notar cuántos otros hicieron fila detrás de mi para llegar al mismo destino. La sola presencia del guardián les había estado impidiendo semejante empresa.

Ya con el vaso en otro ambiente de la casa, charlaba entretenido con otros invitados, cuando de pronto escuché decir en tono fuerte y sobreactuado: "Permiso!... Permiso!..."

Era el guardián de los vasos, que intentaba pasar entre nosotros, y se abría camino pronunciando la palabra mágica.
La repitió tantas veces! Aún cuando ya había logrado pasar hacia donde se dirigía. Se detuvo, giró su cabeza y mirándome fijamente, casi gritando y en tono burlón, me dijo: "Permiso!!"

Una sonrisa brotó en mi: "¿Viste cómo funciona?" Le pregunté.

El guardián había aprendido una palabra nueva y ahora sabía cómo hacer para salir del rincón.




4/04/2010

Anoche: ¿Preguntas?

Anoche me encontré con varias personas. 
Son unos flacos a los que conozco hace unos cuantos años. Anoche estuve charlando con ellos. Fue de esas conversaciones en las que no se dice nada relevante, donde las palabras que circulan son en su mayoría vacías. ¿Vieron esas personas que solo te encontrás en determinados lugares? Bueno, mientras hablaba y bromeaba con estos flacos -de lo más divertido- fui dándome cuenta con cierta preocupación de que no solo no los conozco, ni mucho menos se qué piensan sobre algunos temas, sino que ellos tampoco saben absolutamente nada de mi porque nunca hablamos verdaderamente. 

Nunca preguntamos nada del otro.

Anoche II: Foto

Estaba sentado en el apoyabrazos de un sillón. Había mucha gente. De repente una persona se ubica en el mismo sillón a unos metros de donde estaba sentado y dice a un grupo de personas "pongansé que sacamos una foto!!!".
Era clara su intención: Iba a sacar una foto. 
Unas 8 o 9 personas completamente desconocidas para mi, se ubicaron rápidamente en el sillón donde estaba sentado y se pusieron para la foto, muy receptivos a la propuesta de la fotógrafa. 
Pensé velozmente: "debe ser un grupo de compañeros de algún lado" entonces me levanté del sillón y me quedé parado viendo el cuadro, como para que ellos tuvieran su foto. Yo no me sentía parte de ella. 
Un flaco de los que también observaba la escena, me preguntó si los conozco, le dije que no, que suponía eran compañeros de algún lugar. 
Me preguntó cómo lo sabía, como poniendo en cuestión el hecho de que yo hubiera abandonado mi lugar en ese retrato, y lo remató con un "¿porqué no te quedaste? 
Le contesté: Si vos me preguntaras, si me interesa sacarme una foto con ellos, a los que no conozco, yo te diría que no. 

Mucho menos si nadie me lo pide.

11/29/2009

A veces

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa

Sábado a la noche. Unos amigos me invitan a un bar por Palermo, en el que ya arreglaron para encontrarse con otros tantos. Cuando llego me encuentro con unas seis personas de las que solo conozco a 2. Hola qué tal, les digo mientras me presento. Estoy contento por ver a mis amigos, por salir a tomar algo con ellos y disfrutar de los paisajes nocturnos de la ciudad. Mientras escucho a uno de mis amigos contar sobre el viaje del que hace poco regresó, uno de los flacos a los que recién conozco, me pregunta a qué me dedico. Le respondo que trabajo como psicólogo, y pienso a la vez, después de varias experiencias similares, si debería haber dicho otra cosa, como para evitar las preguntas y reacciones que vienen a continuación después de mi respuesta, casi como si estuvieran guionadas.
Mientras respondo con cintura evitativa alguna de las preguntas de mi interlocutor, y trato de seguir la historia de mi amigo viajero, otro de los presentes, que estaba escuchando de costado, dice "vos que sos psicólogo..." y pregunta qué opino sobre cierto tema. Me cuenta que se divorció de su mujer, que está teniendo problemas con su ex y que no sabe cómo hacer para explicarle a su hija. "Ella está muy mal". Pienso ¿quién me mandó a abrir la boca?! Relojeo involuntariamente mi reloj, son las 3.20 am. Pienso cuántas cervezas tomé. Le digo que seguro debe ser difícil la situación en la que está, pero que va a tener que disculparme, es sábado a la noche y tal vez no es el mejor momento para hablar sobre sus cosas intimas. Sorprendido, él me dice que está todo bien, que tengo razón. Le ofrezco una tarjeta de un colega conocido al que puede llamar el lunes. Lo va a poder ayudar. Acepta la tarjeta. Disfruto de la reunión con mis amigos.

Domingo a la tarde. Suena el timbre de mi casa, atiendo y pregunto quién es. Me responde mi querido amigo Esteban. Me sorprendo, no lo esperaba, lo invito a subir. Preparo unos mates con tostadas y le comento mi sorpresa por su visita. Esteban rápidamente se angustia y me cuenta que está preocupado por una serie de peleas que está teniendo con su padre, al que conozco desde hace años. Esteban me cuenta que por diversos motivos tendrá que dejar la casa que comparte con su padre y que la situación le provoca muchísimo temor. Está preocupado. Conversamos mientras masticamos las tostadas. Le cuento cómo fue para mi, el momento en el que me fui de la casa de mis padres, la incertidumbre que sentí por no saber cómo iba a resultar eso de vivir solo. En fin. Charlamos durante algunas horas derivando el tema de conversación por una red de temas, como suele ser una buena charla. Esteban se detiene preocupado y me dice que no quiere molestarme con sus problemas, que entiende que por mi trabajo me la debo pasar "escuchando los problemas de la gente" y que su idea no es hacerme trabajar. Me pregunto por dentro qué imagen habré dado de mi mismo como para que un amigo no tenga la suficiente confianza como para charlar conmigo sin sentir que está hablando con un psicólogo. Le digo que si, es cierto, parte de mi trabajo es escuchar lo que los otros me cuentan, pero que no se preocupe por eso, que estamos charlando como cuando eramos más jóvenes, que está bueno que haya venido a mi casa si necesitaba charlar un rato. A mi también me gusta charlar con él y contarle de mis asuntos. Para eso están los amigos no?. O querés pagarme? Le dije. Se ríe.

Lunes a la mañana. Llego temprano al hospital porque tengo una entrevista con un paciente nuevo al que todavía no conozco. Lo espero en la sala del hospital mientras converso con algún colega de los que tienen buena onda sobre algún tema de interés en común. Tocan a la puerta y preguntan por mí. Es una chica acompañada por su padre. Me presento y los invito a pasar a uno de los consultorios. El padre me cuenta sobre su preocupación porque desde que se separo de la madre de la nena, él tiene severos problemas de agresión con su ex y su hija ha cambiado el comportamiento, se aisla, no quiere comer ni salir a pasear. Mantengo la entrevista con el padre como para conocer un poco más de la historia de la familia y contextualizar lo que a la joven le pueda estar pasando. Lo invito a que espere fuera del consultorio mientras yo entrevisto a su hija. Le explico que es necesario para que ella pueda contarme por si misma qué es lo que le está pasando, qué es lo que la tiene mal. La chica ingresa, se sienta, me mira con desconfianza y me pregunta con gran ironía "¿se supone que acá tengo que hablar con vos como si fueras un amigo al que le cuento mis cosas?" La noto asustada. Le respondo que ella puede hablar como quiera, si quiere hablarme como a un amigo, que lo haga. Pero que tenga presente que ella está en un hospital porque algo le está pasando y que yo no estoy ahí para hacerme amigo de ella, sino para intentar ayudarla con lo que le pasa. Respira hondo y me dice sonriente "Hablás como un psicólogo!".

4/12/2009

Charlar



Sobre la mesa circulaban frases y palabras. Iban y venían de un lado a otro, siempre acompañadas de gestualidades, recorriendo las distancias que separaban a quienes sentados en sus respectivas sillas, charlaban sobre cualquier cosa. Lo increíble de observar, era la sensación que ellos mismos tenían de estar charlando no sobre cualquier cosa, sino sobre cosas muy importantes.
Y así era, porque las palabras de uno llegaban al otro, ahí se transformaban, para relanzarse en otras direcciones ya metamorfoseadas en otra cosa, impactando en quien las recibiera. Así una y otra vez, durante horas.

Charlaban estos tres amigos sentados en torno a la mesa. Charlaban creando lo que no había. Lo que no había en cada uno de ellos, antes de escuchar las palabras de los demás.

Charlaban y transformaban los sentidos, esos rígidos sentidos que suelen sostener una convicción, o un prejuicio, o una idea un tanto inmadura. Ese proceso de amasado transformaba los enunciados de ida y de vuelta. Y asi pasaban las horas. Entretenidos, impactados, sorprendidos.

4/04/2009

Viajar en subte: Parte 2

Ya bajó toda la gente que quería bajar. 
Ahora viene el turno de los que quieren subir, entre los que vos estás, porque te animaste a viajar en subte a pesar de "lo mal que se viaja".
Acá viene el problema más grande de viajar en subte a la hora pico:
Para entrar en el vagón -me gustaría usar una metáfora- tenés que hacerte de agua y fluir. 
Claro, porque adentro del vagón ya hay un montón de gente apretujada, con cara de enfado, muchas veces con calor, que no quiere saber nada de nada con que vos o los otros suban al mismo vagón en el que ellos están.

La mayoría de ellos se ponen duros como piedras, estáticos y firmes cuidando "su lugar". 
Entonces hacerte de agua, es una opción.
Puede haber otras metáforas que lo describan mejor, claro.
Pero a mi me gusta pensarlo así.
Así lo siento cuando entre toda esa gente yo decido insertar mi cuerpo en los recovecos que dejan libres. 

Puede pasar que entre las piedras -siempre hay algún piedra- ya esté lleno de agua. 
Sigo con las metáforas: En ese caso tendrías esta vez que convertirte en piedra.
Más bien hacer como si lo fueras: más dura y más resistente que las otras.
Es así, fuerza contra fuerza, alguna va a ceder. 

Recomendación: Una vez que has conseguido un lugar, buscar un estado parecido al plástico.
Así no te golpean tanto los que quieran subir en la próxima estación.

3/26/2009

Siempre más

El otro día un compañero del trabajo, asombrado por las actividades que realizo, me decía, en un intento vano de adularme, que le parecía que yo había logrado todo lo que logré porque seguía adelante como si fuera una locomotora. En sus palabras: "a una locomotora se le dá energía para recorrer las vías todo lo que haya que recorrer"

Con su comparación no logró adularme y en cambio me dejó pensando con un sabor un tanto amargo: "Como si la sola existencia de UN camino implicara IR por ese camino!!!"

Esa persona parecía desconocerme. Me desconocía de hecho. Como si yo nunca hubiera tenido que detenerme, o cambiar de dirección, improvisar un recorrido, por elección o por necesidad. Una locomotora tiene mucha fuerza y recorre grandes distancias, es cierto, pero está más que destinada a andar siempre por sobre las vías!! Las vías que alguien instaló antes de que la locomotora se pusiera en marcha. Una locomotora es una máqina que no puede irse a otro lugar, y yo me niego a pensarme asi.

Salvo que pensara en una locomotora conducida por Harry Poter!